Seguro que el infierno queda en el norte. Pues el viento que viene de allí parece soplar los gemidos de las almas en llamas. El calor cruza los campos con la densidad de una plaga que gimotea en círculos. Un remolino en el que deambulan las quemazones, los ardores, las vehemencias, los ímpetus canallas, los ríos secos, los delirios estúpidos, las fiebres, los idiotas… todos lo que sería útil destruir , ronda bajo la más alta temperatura. En días así hasta los héroes abandonan su hombría en alguna sombra, y por esta zona, son capaces de desnudarse cobardemente ante el primer charco de agua sucia que encuentren. Pero Inocencio Villanueva se mantiene firme, criado como en los tiempos de antes, en los que la gente no veía con buenos ojos dos cosas: que bañarse es casi un veneno y coger poco menos que la muerte. Aunque Inocencio pasa y quiere. Es fiel a ese hábito de desnudar el cuerpo poco y nada para someterlo a la ducha. Pero todavía nadie le saca el animal que lleva adentro. Espera a su ladero en el bar sentado afuera, en una mesa bajo los árboles en la cuneta. Allí planea explicarle que vio a la mujer del molino. Le dirá que se trata de una hermosa perra que se pasea bien briosa por los cuarenta. Y que luce más guapa todavía con ese color rojizo del cabello lacio hasta el cuello. Piensa que aun si se tratara del peor de los monstruos, de una vampira como le rumorearon, valdría la pena de perder la cabeza hasta la yugular y enancarse con esta potra a suerte y verdad. Como decían en el Chaco: es un lindo pez. Pero un pez de vidrio, filoso, cortante.
Nuestro amigo no se anda con ninguna intriga. Es transparente como una gota de lluvia, de esas que hoy escasean y mucho, en oposición a tantos buscavidas que por naturaleza deben guardar una o dos cartas en la manga para no enterrar el hocico en la arena movediza de la miseria. Inocencio es el nombre, apenas, porque ha averiguado lo que se sabe y lo que quizá no se sepa de esta mujer cuya camioneta dejó huellas en el camino que la vinculan mínima o remotamente con ceremonias sangrientas. Así como la ve, ensaya su discurso con un vaso de cerveza en la mano, es una mujer que no dudaría en partirle la cabeza a quien sea. De hecho que no es de esas minas que toman pastillas para dormir, pastillas para adelgazar, pastillas para estar bronceadas, pastillas para tranquilizarse, pastillas para calentarse… Tampoco es de esas mujeres que se juntan entre varias para hacer gimnasia, para ir a comprarse la ropa de gimnasia, las zapatillas de gimnasia y rematarla luego en la peluquería. Incluso me parece que es teñida, pero el color parece que se lo da ella sola.
Inocencio anduvo tres y días y quizá tres noches averiguando y sacando cuentas. Indagó que la Mujer del Molino –aunque nadie la conoce de ese modo- llegó hace pocos años a estas tierras con el que pudo ser su marido. Con una mano atrás y otra adelante, se instalaron junto al último gran monte local que quedaba, y seguramente allí al principio debieron soportar un torrente de molestias. Todo tipo de alimañas, falta de energía eléctrica, agua… pero de un día para el otro manejaron una forma suculenta de arrendar campos, de quedarse con ellos, en un territorio donde ningún vecino común y silvestre sabe a ciencia cierta cuánto dinero cuesta una hectárea. Para colmo, el que era su marido, un tipo barbudito con pinta de abogaducho más que de técnico rural, desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Algunos dicen que tuvo un accidente fuera del país, otros que está preso en la provincia de Buenos Aires, la cosa que el tipo quedó fuera de porra y sin que nadie pregunte si harían falta velas para su entierro.
El bar se inunda del ritmo de Banda XXI. El tema “Que bonita va” se escucha una y otra vez, como si alguien hubiera puesto el equipo en repeat. Pero en realidad se trata de dos muchachones que comparten un birra y la música de su celular al mango. Inocencio se toma otra Quilmes y toma nota de lo más importante. En realidad recorre sus instintos mientras construye su propio laberinto Le subrayará al Señor B que Ella vive sola, también eso es lo que parece. No se le conoce a nadie junto. A veces se la ha visto en la camioneta con un sobrino, en ocasiones suele andar con dos sobrinas, pero nada más. Desde luego que eso no le preocupa, como tampoco se muestra problematizada por los campesinos del norte cordobés, por el progresismo, por el cambio social, por la redistribución de la riqueza. Es de las personas que no cree en los políticos, y cuando el conflicto de la ley 125 ya podemos suponer de qué lado cinchaba. Por allí desaparece dos días, dicen que se va a tomar esos cursos que hay ahora vinculados al campo. Noooo, qué literatura ni que ocho cuarto, tampoco asiste a talleres de folklore o a estudiar un instrumento. Ni ahí. Lo que ella hace son esos seminarios de gestión de recursos agrícolas, desarrollos agropecuarios y todos esos negocios. Vaya uno a saber… están lo que rumorean –y quizá con algo de razón- que cuando falta dos días de su casa, no es porque se haya ido a estudiar, sino que ha salido por allí a buscar un padrillo, un muchacho con el que pasar un par de noches. Ella no tiene pinta de ser muy puta, por el contrario, pero con lo linda y como es, de seguro que le debe gustar que le den por todos lados.
No hay caso. Hay cuestiones que sólo se pueden entender apenas a partir de los propios deseos.
