Es palpable. El Señor B parece obsesionado con encontrar “Dráculas rurales” o lo que se le parezca. Actúa como si fuera un caza recompensas, aunque la recompensa ya la encontró y está a su lado compartiendo la séptima cerveza y nadie duda que se trata de su inminente ladero. Mezcla de brujo y peón de albañil vestido de sábado a la noche, habla de la cosa como quien se ha dado un atracón con ácidos y luego salió a correr toda la noche por el campo y ahora está de vuelta para contarlo. Se llama Inocencio Villanueva y cuando habla se encienden bengalas de palabras que arden solas. Su conversación se deshace en la efusividad de sus frases hasta formar siluetes y espectros alrededor de la mesa. Vuelve a decir que el caballo descuartizado no era un zaino, ni un colorado y menos un Rosillo como se dijo. Lo que pasa es que había tanta sangre desparramada que engañaba conocer el pelaje y las manchas. Pero las cuatro patas blancas encontradas como dicen a unos metros de allí hablan a las claras que era un tobiano Alazán. Hermoso caballo, los aborígenes enloquecían por ese pelaje, aunque lo mataron como quien agarra un algarrobo y luego de cien hachazos lo tira al suelo y ahí nomás empieza a hachar sus patas como si fueran ramas.
El Señor B parece haber encontrado la clave para que la
medianoche eterna se convierta en un territorio sensiblemente bizarro y
atractivo. Se retrata como un investigador anónimo de causas vencidas, pues en
dónde encontrarías cadáveres depredadores; sin embargo, en el Pueblo y el campo
hay rumores vinculados de sangrientas ceremonias en la fértil llanura. Sueña
con encontrar algo substancial antes que aparezca la televisión. De allí que se
ha internado intensamente en el lado oscuro del Pueblo, trabando relación con
los habitantes que mojan sus rodillas en el agua turbia de las cunetas cuando
llueve. Vos lo ves conversando en los barsuchos y
te crees que es un abogado que defiende valores en un mundo indiferente, pero
miras sus uñas negras y comienzas a dudar de todo. Pero allí están el Señor B e
Inocencio Villanueva, intercambiando detalles infernales de rituales crueles.
El caballo mutilado antes del Tobiano era un Lobuno, viera usted que hermoso,
gris como el cielo que está por llover, dicen que la cabeza estaba intacta, era
la de un Lobuno Malacara, y miraba como un caballo que piensa, que se piensa a
sí mismo.
Inocencio Villanueva tiene alrededor de 55 y todavía una sonrisa
llena de dientes debajo de un una línea de bigote que apenas se divisa. Se
parece al personaje de Bobby Perú que hace Willem Dafoe en Salvaje de Corazón, de
David Lynch. Pero sus ojos irradian un brillo pleno de sinceridad. Si hoy se
muestra como un hechicero de cerveza, cuentos y cuchara de albañil, creció como
hachero en el Chaco. Dice que anduvo por su provincia, por Santa Fe, Entre
Ríos, Santiago del Estero y ahora por la pampa seca cordobesa, que no parece
tan seca. En lugar de un lápiz le dieron un hacha, y en lugar de escuela le
ofrecieron un monte que abandonó hace poco. Es orgulloso de su estirpe y dice
que vive en casa propia. Tiene una pieza con techo de cemento bien terminada y
dos piezas con techo de zinc, con piso rústico. Las terminé con lo que me
dieron para las elecciones de 2011. La empecé en el 2009 en las otras
elecciones. Antes vivía en otra casita que terminé en el 2007, también para las
elecciones, pero se la deje a una esposa que tenía. Yo me fui con lo puesto.
Todavía tengo brazos para vivir como quiero. Como se ve, sus días no fueron una
mullida instancia con música ambient de
telón de fondo… pero qué le vas a hacer, dice.
El bar es un saloncito con un ventana y una puerta que dan a la
calle. Tiene piso de mosaicos pero no está terminado el revoque. Hay dos mesas
chicas y dos mesas grandes, que alguna vez fueron la mesa de cocina. Todas
están cubiertas de un mantel de plavinil con
motivos floreados. Dentro del bar no hay otros clientes más que Inocencio y el
Señor B. Hay más clientes afuera, sentados debajo de un gran sauce en lo que
sería la cuneta de una calle de tierra. Se escucha música de cuarteto -Mona
Giménez y especialmente èxitos de la dècada de los 70-, y por allí algo de
folklore -Manseros Santiagueños y Chaqueño Palavecino-. Inocencio
recuerda que alrededor del caballo lobuno había orejas y patas de liebres como
si las hubieran sembrado en una tierra regada con sangre. Ah, y dos perro con
la cabeza abollada como en castigo a querer arrimarse al banquete.
-
Inocencio, usted cree que hay Vampiros…
-
Chupasangre que se han quedado con lo de otros está lleno. Pero de esos
Dráculas que se habla hoy…? Mire don B., después de la décima cerveza si
le digo la verdad, le miento…
