Dicen
que hay un caballo tordillo partido en dos. Sí, justo en la mitad. Es como si
un jinete de mármol lo hubiera montado hasta aplastarlo y partirlo. Es como si
un General Bustos de bronce –una de esos tantos inaugurados en la provincia-
hubiera cabalgado sobre el moro para quebrarlo. Pero la realidad es esa, allí
está el pobre equino como un rompecabezas para bestias de dos piezas, al costado
del camino. Al costado de los chismes. Algunos que aseguran haberlo visto dicen
que es un gateado, y le echan la culpa a los vampiros rurales. Sin embargo uno
pregunta, y nadie sabe nada.
Miras el pueblo y te fijas más atrás, por el campo, y puedes
creer tranquilamente que en el mundo no pasa nada. Más aun si llegas a las 3.00
de la tarde, momento en el que hasta los perros caen en un estado de
melancolía y somnolencia que solo se corta con un poco de sexo o en el abandono
total al sueño. Es el momento en el que pareciera que todos están perdonados,
más allá de que no exista un manso para acollarar a un chúcaro. Aquí la
gente es muy metida. Aman hablar del vecino, de con quien anda uno y con quien
anda el otro. Aunque el modo de las personas ha tejido un manto de discreción y
reserva, por debajo de él se sabe todo. Allí, en medio de ese apacible paraíso
de la llanura, ha caído el señor B., preguntando en el bar de la terminal de
colectivos dónde queda la municipalidad. Este buen hombre se presenta como un oficial
de la Administración Federal Impositiva (AFIP). Aquí los colonos están todos en
orden, le explicará el intendente. Pero al Señor B no le importa demasiado si
los agricultores pagan sus impuestos o si son buenos contribuyentes, lo que en
realidad investiga es esa bulla acerca de los vampiros rurales que son como la
novedad en la zona. Terneros degollados, caballos decapitados, potrillos
ahogados, lluvia de sangre en medio de la sequía…
Nada cambia la eterna rutina del pueblo, ni siquiera la muerte.
Apenas si los jugadores de quiniela están atentos a ella. Casi no hay robos,
escasos delitos, nada alcanza dimensiones verdaderas como para salir en el
diario, todo es llano y regular como el lugar. Incluso el clima no afronta
demasiadas exigencias. Excepto durante un tiempito del año: el verano por lo
general es una putanez, y enero cae sin piedad sobre el pueblo y el campo. Si
sales a la siesta es para asarse, y no conviene estar en otro lado que en la
piscina. O al lado. Hay un apotegma local que dice ni las lagartijas andan a la
siesta. Lo cierto es que los pequeños lagartos no salen ni a la siesta ni a la
vida después del glifosato. Aunque algunas iguanas están en franca reproducción
y es posible verlas cruzar los caminos en tamaño de un metro a metro y medio.
Un viejo del pueblo dice que las iguanas han sobrevivido gracias al gobierno
nacional. Pues quienes antes salían a cazarlas para vender su cuero, ahora se
quedan en casa porque cobran uno o dos subsidios.
El Señor B apura una cerveza en uno de esos bares salpicados de
todo tipo de intriga. Que la dueña ejerció la prostitución en un pueblo vecino,
que cada 2x3 vuelan las botellas de cerveza, que seguro que allí van los vagos
y que a la larga se trata de un aguantadero de la peor calaña. Sin embargo el Señor
B está gusto averiguando sobre terneros degollados, caballos decapitados,
potrillos ahogados, lluvia de sangre en medio de la sequía... No me importa la
sequía, llueva o caiga un diluvio los del campo jamás estarán conformes,
seguirán llorando para que les perdonen los impuestos, dice uno de los
parroquiano del bar que aturde con música de cuarteto. Y qué hay de esos
muchachos solitarios de ojos saltones que a la medianoche azotan los cultivos,
celebrando rituales con animales, estaqueando cerdos al costado del terraplén,
acosando potrillos hasta desangrarlos… pregunta el señor B. Sabe Ud. maestro,
responde el parroquiano, le voy a ir directamente al grano. Dicen que han
partido un caballo alazán vivo por la mitad, como si hubieran usado una
moto sierra, hasta desangrarlo. Yo no voy mucho al campo ahora, está muy fuerte
el sol y no me gusta escuchar que me griten en la cara que ellos trabajan para
que yo pueda estar al pedo cobrando un subsidio. Pero le digo la verdad, no era
una alazán, ni un gateado, ni un moro, ni un lobuno. Era un caballo tubiano.
- Eh, no
me joda.
- Sí, era
un tubiano.

