
Cada
noche sorprende la presencia de jóvenes solitarios que deambulan por el campo
bajo la luna. Sus ojos se divisan a la legua como luciérnagas perversas, y no
falto alguien que en el susto ha creído ver alguna criatura salvaje de lenguas
azules con patillas y cuernos. Sin embargo, ellos se retratan como si fueran
agricultores que en soledad cumplen tareas al caer el sol, y mucho más,
alrededor de la medianoche. Se dice que encienden sus tractores o cosechadoras,
para internarse en medio de los cultivos o del monte, simulando trabajar, o
salir en búsqueda de alguna hacienda perdida. Pero lo que han encontrado es
marcas y huellas en el espejo retrovisor y en las puertas. Manchas de sangre en
las ventanillas de sus camionetas, y repetidos crepúsculos de congos y buitres
que como una oración fúnebre vuelan esperando cadáveres de animales. Todavía no
se ha visto el hocico muerto de ninguna persona, pero la bulla en los bares del
pueblo empieza a tener volumen. Es una bulla con guiño de ojos y todo. El rumor
habla de jóvenes vampiros rurales.
Semanas atrás encontraron un ternero a simple vista degollado.
Con su cuerpo intacto, pero su cabeza lucía como una calavera con una flor de
gusanos carmesí incrustada en cada ojo. Días atrás encontraron a un caballo
estaqueado, a la manera de un nazareno en la cruz, con un collar de vidrio a
manera de freno, y como si sus dientes hubieran sido extraídos con martillo y
tenazas. Otros dicen que encontraron caballos descuartizados, con las cuatro
patas amputadas y colgando de un alambrado. Y el común denominador son la
huellas de 4x4 que rodean a cada secuencia atroz. Se cuentan escenas extremas
que convulsionan, como si mucha gente estuviera empezando a pagar un precio.
Nadie soporta un santuario de esta índole, menos en el lugar en el que acabas
de levantar el trigo. Sí, allí donde hace unos días había un mar amarillo o un
océano dorado, dicen que ahora la gente pasa y mira a una vaquillona sin patas
y sin cabeza, colgada del único algarrobo a diez kilómetros a la redonda.
Sin lluvias en el horizonte, la soja o el maíz que meses atrás crecían como si los regaran con anabólicos, ahora se fritan en el ácido de su propia fumigación. El mar profundo de verde parece haberse ido por el resumidero. Y que el paisaje de prosperidad rural ha cavado un túnel para convertirse en una postal de ultratumba. El calor teje su manto de vapor que ciega hasta los pensamientos. El vapor alucina y transforma la riqueza del campo en paisaje de terror. Ese miedo y la sequedad hacen que cada tajo en la tierra supure sangre sudada.
Sin lluvias en el horizonte, la soja o el maíz que meses atrás crecían como si los regaran con anabólicos, ahora se fritan en el ácido de su propia fumigación. El mar profundo de verde parece haberse ido por el resumidero. Y que el paisaje de prosperidad rural ha cavado un túnel para convertirse en una postal de ultratumba. El calor teje su manto de vapor que ciega hasta los pensamientos. El vapor alucina y transforma la riqueza del campo en paisaje de terror. Ese miedo y la sequedad hacen que cada tajo en la tierra supure sangre sudada.
Desde hace más de diez años, cuando el campo empezó a vaciarse
de personas –literalmente- no han corrido rumores de frigoríficas orgías
campestres. Incluso dicen que dos niños que habían concurrido al rio en
sus bicicletas para probar su suerte en la pesca, regresaron mudos a lo largo
de 13 kilómetros en su camino a casa, tras haber descubierto un potrillo
decapitado en el fondo de una laguna.
En el pueblo dicen –los que se animan a hablar- que todo es una
locura de insolación y enero. Que la soledad cobra sus víctimas y estas
esparcen su defunción en una agonía de literatura y vicio. Una mujer comenta
que hace mucho tiempo se hablaba de bestias y criaturas que poblaban los montes
y churcales, pero ahora no ha quedado un monte. La mujer dice también que en el
campo siempre hubo gente que chupaba la sangre de otros, pero por las dudas en
este verano hay que tomar mucha agua…